Santiago de Chile: risas y nostalgias.

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Fue en el invierno del 2005 cuando fui por primera vez a esta ciudad llena de contrastes. Al cruzar sobrevolando esa inmensa Cordillera de cumbres de hielos eternos mi corazón se estremeció. Por arriba de las nubes podía ver el sol brillando en ese cielo celeste infinito que al ir llegando a tierra cambió a un panorama típico de invierno, con nubes grises y una llovizna suave pero sin pausa.

Pero aunque era un día de nubes muy grises se iluminó todo con la fuerza de mi sol  interior al ver tras la puerta de cristal del aeropuerto a parte de mi amada familia, que fue buscando oportunidades que en mi país no había. Hablo de mis hermanos a quienes no veía desde hacía 2 años y una sobrinita que partió para esas tierras apenas recién nacida. Los abrazos de bienvenidas o reencuentros y las risas postergadas no tienen comparación.

Estuve 3 meses ahí, viendo cómo desarrollar una nueva vida, en otra ciudad muy lejana a aquella Luque amada que nos vió nacer, crecer, madurar. Era ver y comparar constantemente lo que tenía en Santiago de Chile y lo que tenía en Paraguay, y debo acotar que amo mi país pero aquela ciudad era de calles bien cuidadas, veredas de una uniformidad casi lineal, rampas casi en todas partes por donde ibas.

Fueron meses de encontrarme con mis afectos, de jugar con mi única sobrina por aquel entonces, recostarla en mi cama, abrigarla en mis brazos y ver dibujitos animados que ella se empeñaba en decirme se decía “monitos”, fue descubrir la inmensidad de un mar de olas furiosas en un corto viaje a Valparaíso y esas formas que la Cordillera de los Andes mostraba a cada paso. El tiempo pasó como un relámpago, fugaz y luminoso. Dije “nos vemos muy pronto” porque es lo que queremos cuando dejamos afectos. Y así, en medio de recuerdos y nostalgias pasaron 5 años.

Este otoño volví y Santiago tenía un aspecto algo diferente porque un reciente terremoto había cambiado algunas cosas. Mi familia ya no vive en una casa de barrio con lindas flores en el jardín sino en un edificio de 3 torres de 15 pisos cada una. Es que las sobrinitas que me esperaban ahora ya eran 3 y yo las veía  lindas como el sol, porque las miro con los ojos del amor, y mi corazón se sentía correspondido con los abrazos y los besos de esas nenas hermosas y que te quieren con pureza e inocencia.

Esta vez fui pasear a las 3 Marías que son mis niñas amadas: María José, María Francisca y María Paz. Juntas por la ciudad que las ve crecer, en parques con árboles de hojas pálidas que van cayendo con el suave y freco viento otoñal, donde corretean a las palomas, donde ríen llenas de alegría.

Sólo fueron 10 días los que pude estar esta vez. La noche anterior a mi regreso otra vez el corazón se me hizo chiquito de pena, les dí un beso de buenas noches, ya saldría yo muy temprano y no podría decirles adiós. Así, al nacer el día mi avión sobrevoló aquella ciudad llena de contrastes, con cielos a veces azules, a veces grises, con luces naranjas que a lo lejos se parecían a las lágrimas que caían por mis mejillas, porque como en cada despedida, un pedazo de mi alma se quedaba allí, en un departamento donde a esas horas, 2 de mis hermanos y  mis 3 princesas aún dormían…

Santiago será siempre para mí, una mezcla de añoranza, alegrías, risas, reencuentros y despedidas.

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