El erotismo de la modelo inmóvil: Delphine Censier

Por: CRISTINA FRADE

 

PARIS.- Sus 20 años, una melena rubia, la mirada de un azul intenso y unos rasgos delicados podrían haber hecho de ella una modelo, pero le faltaban cinco centímetros para llegar a la altura mínima (1,70 metros) que exigen las agencias. Al menos eso fue lo que le dijeron cuan­do envío sus fotos, sin pre­cisar que es tetraplégica de nacimiento y esta traqueotomizada.

 

Por supuesto, Delphine Censier nunca se planteo seriamente emular a Clau­dia Schiffer, Linda Evange­lista o Naomi Campbell. Es mas durante años detestó su cuerpo y procuraba mi­rarlo lo menos posible. «No me gustaba. De hecho, fui anoréxica durante cuatro anos», ha explicado la jo­ven. “De mi, solo vela mi cánula, mis cicatrices, mi silla de ruedas y mi corsé. Una imagen medica”.

La idea de posar ante una cámara fue un desafió que se impuso hace dos años, tras una discusión con unos amigos, como una especie de terapia. Acaba­ba de abandonar el Institu­to de Educación Motriz donde había vivido y reali­zado sus estudios, y se ha­bía instalado en un aparta­mento de la ciudad de Ren­nes. Por fin, la libertad, la autonomía, después de tan­tos años sometida a la disci­plina de los centros espe­cializados.

<Libertad? ¿Autonomía? Huérfana de madre desde 1998 y distanciada de su padre, empresario, Delphi­ne no puede mover ni Bra­zos ni piernas y cinco per­sonas se turnan para ocu­parse de ella y realizar las tareas de la vida cotidiana.

Una de ellas, Beatrice Mer­cier, fotógrafa aficionada, fue quien le hizo las prime­ras fotos. Al principio, la jo­ven se sentía intimidada ante la cámara y posaba con el rostro oculto por un pañuelo. Poco a poco se fue soltando. <<Me costó cierto tiempo decidirme pero me lleve una buena sorpresa. No me reconocía.

Aunque otra persona pulse el disparador las fotos son autorretratos porque es ella quien decide hasta el último detalle de la puesta en escena: pétalos de flores so­bre una sabana, juegos de espejos, lencería fina, poses más o menos lascivas. Co­mo si fuera una muñeca de trapo, pero siguiendo sus precisas indicaciones, sus ayudantes la tienden en la cama, la desnudan o la vis­ten, le dan la vuelta, le colocan una mano o le hacen doblar una rodilla.

Alumna brillante, ella que había adorado sus es­tudios los dejó colgados justo antes de pasar la se­lectividad. Querían que cultivara mi espíritu como consuelo por mi minusvalía, ¿Y mi cuerpo?

Hacer las fotos y exponer­las ha sido también una forma de rebeldía.

El cuerpo del que se avergonzaba ha estado colgado en gran formato en una galería comercial de Rennes, en unos multicines de Grenoble, en una feria en Paris, y sigue viajando.

La exposición se titula Ella, yo, otra. Metiéndose en la piel de una mujer fatal, convirtiéndose en objeto erótico, Delphine ha aprendido a quererse y ha descubierto que podía ser tan seductora como las modelos. “El afán de descubrirme como mujer ha implicado la necesidad de fundir­me con la norma”, dice.

Los fotógrafos profesionales empiezan a hacer cola ante su puerta. Uno de ellos, Frederic Mathias, la ha hecho posar para una serie con un hombre.

La gente piensa en los minusvalidos igual que en sus abuelos. No nos imaginan haciendo el amor. Ella no se priva. Se echo el primer novio a los 15 años y a su ulti­ma conquista no tardo ni una sema­na en llevárselo a la cama. «No pudo resistir a mi encanto», bromea. Y añade: «No puedo mover el cuerpo, pero he aprendido a no ser pasiva».

www.delphinecensier.com

LO

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